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Hoy quiero compartir contigo dos herramientas que (al menos a mí) me resultan bastante útiles en mi día a día.

Pero déjame ilustrártelas con un ejemplo.

Cuando hace unas semanas compartí en la newsletter que mi mujer y yo nos estamos divorciando (lo contaba aquí) recibí un buen puñado de mensajes. La inmensa mayoría cálidos, empáticos, de ánimo y apoyo (¡y lo agradezco un montón).

Cuando digo "la inmensa mayoría" es porque hubo uno que no.

Una persona me escribió un email en el que, textualmente, llegaba a decir:

"No sé qué esperas. ¿Aplausos? Me parece muy triste que festines la ruptura de tu matrimonio y el haber dejado a tus chavales sin un papá que les dé las buenas noches y que duerma bajo el mismo techo, haciéndolos sentir seguros".

Wow.

Cuando leí eso, mi cabeza lo interpretó como duro, agresivo, imprudente (¿qué sabes tú de las circunstancias de mi ruptura?), de nula empatía (¿tú sabes lo que es agarrar la maleta y salir de la que ha sido tu casa mientras tus hijos te miran? ¿sabes lo que lloro pensando en no poder dar el abracito de buenas noches a mis chicos? ¿sabes lo jodido que estoy hoy, y el daño que me hacen esas palabras?), impertinente...

Y en consecuencia sentí rabia, una rabia intensa. El corazón se me aceleró, notaba la tensión en el pecho, la cabeza dando vueltas a toda velocidad.

Mi primer impulso fue, claro, responder el mail y contestar, punto por punto, sus palabras.

Y no solo contestar: sacar el colmillo y hacerlo de la manera más malparida que pudiera.

A hacer sangre.

Pasé un rato elaborando frases en mi cabeza... "Te vas a cagar, te voy a poner de vuelta y media".

¿Pero sabes qué? Afortunadamente no escribí ni una letra.

Aquí entró en juego la primera de las herramientas: el mindfulness.

El mindfulness te permite cultivar la consciencia. Te ayuda a adoptar un papel de observador externo en tu propio proceso de pensamiento-emoción-sensación física-acción.

Es como si agarraras una silla y te sentaras a ver el partido de fútbol en una televisión, con posibilidad de darle a la pausa, de rebobinar, de cambiar de cámara, de avanzar a cámara lenta... y, sobre todo, de decir "¡Parad! Vamos a cambiar la jugada".

- "Uy, mira lo que Raúl está pensando"
- "Anda, fíjate lo que está interpretando"
- "Ay, la emoción que le está naciendo es la rabia"
- "Y fíjate cómo nota el corazón acelerado, la tensión muscular... ¡está cabreadísimo!"
- "Parece que quiere escribir un mail bien malparido..."
- "Pero espera, ¿qué le aportaría hacer eso? ¿puede que se esté dejando llevar por la emoción? ¿y si está malinterpretando lo que la otra persona ha dicho? ¿y si la otra persona tiene alguna movida personal, algún trauma de infancia, que la ha hecho reaccionar así? Y en cualquier caso, ¿qué necesidad tiene de ser malparido?"


¿Lo ves?

El mindfulness te permite que, allí donde normalmente tenemos procesos automáticos e inconscientes (veo algo, lo interpreto, me genera una emoción, me genera una sensación... y actúo), podamos poner un poco de pausa, de análisis... y tomar el mando para decidir qué hacer.

Frente al automatismo, consciencia.

Frente a la reacción, análisis y decisión.

La segunda herramienta ya te la he mostrado en este email, aunque quizás no te hayas dado cuenta. Se trata de la comunicación no violenta.

La Comunicación No Violenta (CNV) me permitió darme cuenta de que había cosas que la otra persona no sabía (y no tenía por qué saber) de mí y de mis circunstancias. Pero que, del mismo modo, había cosas que yo no sabía de ella ni de sus circunstancias. Así que me dijo "ojo, sé prudente, te falta información".

También me permitió darme cuenta de que yo estaba interpretando un hecho (el mail que recibí) y atribuyéndole unos juicios (que es duro, impertinente, agresivo...). Fíjate cómo lo he expresado más arriba: "mi cabeza lo interpretó como...". No es que el mail fuera así. El mail decía lo que decía (textualmente), era yo el que hacía la interpretación en base a una serie de creencias, experiencias previas, etc... Así que asumí la responsabilidad de mis interpretaciones.

Del mismo modo, asumí que la otra persona podía estar interpretando unos hechos (mi divorcio) en base a sus propias creencias, experiencias previas, etc... que la habían llevado a una posición desde la que había decidido escribirme ese email. Y está bien que así fuera.

La CNV también me ayudó a identificar y poner nombre a la emoción que estaba sintiendo. Y a analizar por qué estaba reaccionando con esa emoción, qué necesidad sentía yo no satisfecha, qué "teclas" había tocado. Y, de nuevo, responsabilizarme por ello. No es que la otra persona "me hiciera sentir rabia"; soy yo el que siente rabia, es mi emoción, es mi responsabilidad.

Y también a elucubrar sobre la emoción que había sentido la otra persona, y cuál podría ser su origen.

En definitiva, un análisis completo de la situación desde mi punto de vista, pero también desde el de la otra persona.

...


Quizás te estés preguntando qué hice después de todo esto.

Pues mira.

Con una persona más cercana, o con quien tuviese un mayor interés en "arreglar las cosas", hubiese tratado de encauzar el intercambio. Le habría expresado lo que yo había interpretado, la emoción que yo había sentido, la necesidad que yo había sentido insatisfecha. Seguramente también le habría dicho cómo me hubiera gustado que fueran las cosas.

También habría indagado en lo que ella había interpretado, cómo se había sentido, qué necesidad no sentía satisfecha... y le habría preguntado qué fuera distinto.

En definitiva, hubiese tratado de entenderla mejor, y de hacerme entender mejor, y desde ahí llegar a sitio en el que los dos nos hubiésemos sentido más comprendidos y, quizás, llegar a un compromiso para hacer las cosas mejor en el futuro.

Pero no era el caso. 

Así que me limité a una respuesta breve y sencilla.

"Gracias por expresar tu punto de vista, entiendo que nace de unas fuertes convicciones que me parecen muy respetables. Gracias también por tu presencia durante estos meses (*) y hasta la vista."

(*) (Es que me dijo que se iba a dar de baja de la newsletter, y así fue.)

Nada de rabia. Nada de colmillo. Nada de sangre.

Y un montón de paz mental.
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