Copy
El otro día me dio por grabar una canción.

En concreto, la ochentera Last Christmas.

Supongo que sería por pura repetición (ya sabes lo pesado que se vuelve el ambiente en estas fechas, entre peces en el río, campanas sobre campanas y demás soniquetes).

El caso es que abrí mi software de edición musical (que por lo visto se llaman DAW... Digital Audio Workstation... cada día aprendo una cosa nueva) y empecé a trastear.

Primero una base rítmica: pam, tchs, pam-pam, tchs.... y así todo el rato.

Luego la progresión de acordes. A ver, a afinar el oído... mmm... no tengo yo la tesitura de George Michael... dejémoslo en un G, Em, Am, D... 

Le añadimos una línea de bajo: pum, pum-pum, pum....

La melodía de acompañamiento...

Y finalmente la voz principal, e incluso los coros (¡I gave you my heaaaarrt!)

Tranquilidad, no voy a torturarte con el resultado. Que obviamente no tiene un nivel profesional... pero eh, ahí está.

Me sucede bastante, en bastantes ámbitos. Soy capaz de hacer muchas cosas distintas con un cierto nivel de calidad que, sin llegar a ser profesional, sí da para "amateur". Puedo dibujar, puedo hacer fotos y retocarlas, puedo montar una página web, puedo hacer algunos apaños de bricolaje, puedo cocinar, puedo programar, puedo escribir, puedo hablar en público, puedo hacer figuritas de origami, puedo hacer algunos juegos de magia...

Durante mucho tiempo me persiguió aquel refrán que dice "aprendiz de mucho, maestro de nada".

Y es que gran parte de mi vida experimenté todo esto como algo negativo: "eres un disperso", "no eres capaz de dedicarle a las cosas el tiempo suficiente", "de todo te aburres", "eres mediocre en muchas cosas", "te falta lo que hay que tener para tomarte las cosas en serio".

No, no es que nadie me dijera todo eso: era mi propio discurso interno.

Y claro, con esa mentalidad es difícil disfrutar de la experiencia. Cada vez que la curiosidad me llevaba a algo nuevo, algo me decía "bah, para lo que te va a durar... ¿otra cosa que vas a dejar a medias?". Cada vez que veía algún residuo de mis intereses previos (una baraja de cartas cogiendo polvo, un libro sobre teoría musical a medias...) la sensación era de culpabilidad, de fracaso.

Hasta que me harté.

Y decidí que, en vez de pelearme con mi naturaleza, la iba a abrazar.

Que iba a celebrar esa curiosidad que me impulsa a probar cosas distintas. Que iba a disfrutar del placer de acercarme a una disciplina nueva y la satisfacción de esos pequeños primeros avances. Que no iba a esconder esos intereses, sino que iba a presumir de ellos. Que iba a enorgullecerme de la autonomía que me dan esos conocimientos múltiples para no depender de otros. Que iba a buscar fórmulas para combinar las cosas que sé para dar resultados inesperados.

Ya no me comparo con una versión ideal de mí, sino que disfruto de la versión que es.

La realidad es la misma, pero al cambiar el lenguaje y el discurso interno que le asocias... cambia la experiencia.

Así que la realidad ya no es la misma.

Y ahora, en vez de pensar "para qué te dedicas a grabar una canción cutre, que no te va a servir de nada, en vez de estar haciendo cosas más serias"... me relajo, sonrío... y canto.

 
  • ¿Quieres ver este mensaje en tu navegador? Puedes verlo aquí
  • ¿Quieres ver un listado de los correos más recientes que he enviado? Puedes verlo aquí
  • Tu apoyo, y el de resto de personas que me leen cada semana, me anima a seguir enviando la newsletter. Ahora puedes apoyarme de manera más explícita, desde solo 3€, a través de ko-fi.
Copyright © 2022 Raúl Hernández González, All rights reserved.


Want to change how you receive these emails?
You can update your preferences or unsubscribe from this list.

Email Marketing Powered by Mailchimp