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Esta mañana escuché ruido de algo arrastrándose por el pasillo.

Y un resoplido.

- "¿Qué pasa por ahí?", pregunté.

Mi hija miraba frustrada a unos cartones tirados en el suelo.

- "¿Tienes algún problema?"

Me contó que tenía que llevar esos cartones al colegio, para no sé qué de "Arts". Que había pensado llevarlos bajo el brazo (mientras con el otro arrastraba su mochila), pero que se le caían.

Miré el reloj.

Las 9:10... justo la hora de salir.

Así que hice lo que cualquier padre haría en mi situación: ayudarla, sí, pero sin dejar pasar la oportunidad de echarle la bronca.

- "¿Y no te parece que esto deberías haberlo pensado antes?", le decía mientras buscaba una cuerda con la que atar los cartones.

Ella puso su cara (también clásica) de "ay, sí, tienes razón".

- "Si tú sabías que esto lo tenías que llevar hoy, pues tenías que haber pensado cómo ibas a llevarlo, tenías que haber probado si funcionaba, y si no pues haber buscado remedio... y no tendríamos que estar aquí corriendo a última hora".

Ya se sabe, los padres siempre tan listos y tan dispuestos a aleccionar a sus hijos.

Pero, más allá del oportunismo, ésta es una lección que creo que es importante (y que no está de más recordarme a mí mismo): que conviene mirar hacia adelante, pensar en "qué es lo que puede suceder" y tomar medidas con tiempo.

Porque a veces el toro se te echa encima... y no siempre encuentras una solución in extremis.

 
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