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Esta tarde salí a dar una vuelta y me senté en una terraza a tomar un café. Solo, con mis auriculares... a mi bola, como a mí me gusta.

De repente, veo por el rabillo del ojo que se me acerca un viejito, con su uniforme completo de viejito: gorra, bastón, chaquetita a pesar del calor.

"Si no le miras a los ojos, se irá", pensé.

Se me pone al lado, y me empieza a hablar. 

- "¡Qué bien se está en la sombra!"

"Vaya, qué fastidio", pienso para mí mientras me giro y le pongo una sonrisa de circunstancias.

- "Pues sí se está bien, sí", le sigo un poco el palique, confiando en que se vaya pronto.

Pero no se va.

Que si de dónde soy, que si qué buena tarde, que si yo vivo aquí cerca en casa de mi hija...

"Bueno, pues me levanto y me voy", pienso.

Pero no lo hago.

Y el hombre me dice "¿le importa que me siente?"

Una de dos: o me voy ahora, o me rindo a la conversación.

Por alguna razón, elegí lo segundo.

Y ahí he estado media horita, charlando con Enrique (que así se llamaba). De su vida, de cuando era joven y cuidaba ovejas, de su labor en el campo con el cereal, de cómo enviudó con 40 años y sacó adelante a sus tres hijas...

De que ahora "ya no hace nada", que vive aquí en casa de una de las hijas, que casi ya no le llevan al pueblo, que allí ya no vive nadie... de sus paseos calle arriba y calle abajo... de cuando pasaba el rato en la bodega con sus amigos del pueblo...

De los tractores que tuvo, de que desde los 72 años dejó de conducir y ahora depende de que le lleven, o de que ya no hace "uso del matrimonio" porque no tiene "ni como, ni con quién".

Media hora ha dado para mucho con Enrique (y eso que había cosas que repetía; cosas de viejitos).

Ha llegado la hora de volverme a casa, y me he despedido. 

"Ha sido un gusto charlar este rato, no siempre tiene uno esa suerte", me ha dicho.

He vuelto a casa pensando en Enrique. Y en mí.

En mi fastidio inicial por ese viejito que interrumpía mis planes, y en la tentación de ignorarlo y marcharme.

En la conversación sencilla, en lo poco que cuesta, y lo bien que parece que le sentaba.

Y en cuántas veces todos somos (y seremos) Enrique, buscando alguien que levante la mirada y deje de lado sus asuntos por un rato. Alguien con quien charlar un poco, que nos mire a los ojos, nos escuche...

...y muestre un poquito de interés por nosotros.

Han pasado ya horas (en realidad, cuando tú estés leyendo esto, habrán pasado días), y sigo extrañamente removido por este encuentro tan casual, tan inesperado, del que soy incapaz de extraer una moraleja.

 
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