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El otro día una interacción en Linkedin (por cierto, mi perfil por si quieres conectar por allí es éste) me hizo viajar al pasado.

Hice una publicación sobre mi preferencia Grinch navideña, y entró a comentar Pepelu. 

Pepelu fue mi primer "jefe" cuando yo empecé en eso de la consultoría, en la oficina de Bilbao de Arthur Andersen allá por 1999.

Y allí, precisamente, es donde me hizo viajar con su comentario, que decía así:

"Totalmente de acuerdo Raúl, salvo en lo de Grinch. La primera imagen que conservo tuya es con el micrófono animando la cena de navidad y hablando de los ascensores de la oficina (realmente lo hiciste bien)."

Vayamos a Bilbao, diciembre de 1999.

Atrio del flamante (se había inaugurado apenas dos años antes) museo Guggenheim.

Un montón de auditores y consultores de punta en blanco, de socios a juniors (como un servidor) se sientan alrededor de mesas redondas, dispuestos a celebrar la cena de Navidad. Porque sí, porque somos Arthur Andersen y en algo hay que gastarse la pasta que le sacamos a nuestros clientes.

La cena avanza, y allí por los postres un servidor de ustedes se levanta y agarra el micrófono para, en compañía de Alayn (que era un año mayor) hacer de "maestros de ceremonias" del sorteo de regalos (insisto, en algo había que gastar el dinero).

Nos ponemos unos gorritos de Papá Noel, hacemos algunos chascarrillos (yo de lo de los ascensores no me acuerdo).

La gente se ríe, lo pasa bien (algo tendría que ver el vino, no nos vamos a engañar).

¿Cómo había acabado yo allí?

Unas semanas antes la responsable de organizar la cena entró en el staff (la parte de oficina abierta donde nos sentábamos los consultores/auditores) a pedir voluntarios para participar en la organización de la cena. Como corresponde a una situación así, todo el mundo bajó la mirada y aparentó estar muy concentrado en sus ordenadores.

¿Todo el mundo?

No.

Yo levanté la mirada y dije "bueno, si no hay nadie más yo igual puedo..."

No me dio tiempo ni a terminar la frase, el puesto era mío.

Volvemos a la cena del Guggenheim, y a mi actuación estelar.

Sentado en una de las mesas Pepelu (por aquel entonces gerente) le dice a Carmelo, el socio que se sentaba a su lado: "mira, este chaval tiene soltura hablando en público... nos puede valer para lo que hacemos nosotros de Recursos Humanos".

Unos días después, a la vuelta de las vacaciones, me llamó a su despacho. Me dijo que iba a empezar a trabajar en proyectos de RRHH (parte formación, parte organizativa).

Y así, con una cena de Navidad, fue como empezó mi carrera en ese mundillo.

Le decía a Pepelu, el otro día, que aquella cena cambió mi vida.

"¡Espero que para bien!", me contestaba.

Pues nunca lo sabremos. Quién sabe dónde estaría si aquella noche no hubiese dado el paso al frente para hacer el ganso, gorrito de Papá Noel incluido, en el atrio del Guggenheim. A qué tipo de proyectos me habrían asignado, por dónde habría transcurrido mi carrera y mi vida.

Pero lo cierto es que cuando uno mira atrás hay momentos clave, y éste sin duda fue uno de esos.
 
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